¿Sientes que a tus relaciones les falta armonía? Es posible que el origen de esto se encuentre dentro de los órdenes del amor. Y es que sea cual sea tu origen, todos pertenecemos a una familia que está conectada a través de vínculos. A la que amamos más allá de nuestra razón o nuestra conciencia, establecemos lealtades inconscientes hacia miembros de nuestro sistema familiar para sentir que pertenecemos al clan del que procedemos. Estas lealtades son las que nos hacen repetir una y otra vez los mismos patrones, aunque nos hagan daño y nos hagan sufrir de una manera absurda. Comprender los órdenes del amor y ponerlos en práctica cada día conseguirá que puedas empezar a vivir en sintonía con la vida.

El amor ciego

Cada uno de nosotros ha llegado a este mundo de la misma manera: de unos padres. No hemos aterrizado por arte de magia ni entregados con una cigüeña. Venimos a partir de la vida de alguien, lo que significa que nacemos vinculados. Este vínculo supone un intercambio, un equilibrio entre el dar y el recibir. Si este intercambio se desequilibra, el vínculo no puede mantenerse. Siempre y cuando sea entre iguales. Y es que el vínculo que nos une con nuestros padres no es de igualdad. Los padres dan, los hijos toman. Los padres, como llegaron antes, son más grandes. Los hijos, pequeños. Es la naturaleza y el origen de nuestra existencia como mamíferos gregarios que somos. Sin embargo, este equilibrio desigual tiende a romperse. Ocurre un día en el que el hijo decide devolver a los padres lo que de ellos recibió, como sintiéndose en deuda con ellos.  Haciendo esto los hijos toman un lugar que será más grande que sus padres. Entonces, el mensaje de “soy mejor que vosotros” o “mirad como lo hago, mucho mejor de lo que lo hacéis vosotros” rompe automáticamente el equilibrio natural. Los padres se sienten satisfechos de lo lejos que puede llegar un hijo, pero esto lo no puede hacer jamás más grande que ellos. Jamás podrá devolverles lo recibido, por lo que para mantener el equilibrio necesitará respetar su grandeza y mostrar gratitud. También puede ocurrir que el hijo se niegue a tomar, decidiendo ser autosuficiencia. Esto, por más que uno quiera, no puede ser posible: nunca puedes negar de dónde vienes. Si te fijas, estas condiciones son esenciales para experimentar el amor en tu vida: si no sabes recibir ni agradecer, no podrás amar. Así de sencillo. Cuando alguna persona de nuestras generaciones pasadas no ha podido recibir o agradecer, queda instalado automáticamente en lo que llamamos “alma familiar”. Si alguien fue excluido, ignorado o juzgado, causa un desorden con efecto de boomerang: alguien posterior llegará y sufrirá las consecuencias. Y nadie podrá encontrar explicación aparente a su “mala suerte”. Esto es lo que conocemos por amor ciego. Bert Hellinger lo llamó así, como fuerte lealtad al clan  familiar que nos lleva a repetir inconscientemente los mismos destinos trágicos:
  • No permitirse ser feliz porque sus padres han sido infelices.
  • Enfermarse por lealtad a los padres, porque asume en su inconsciente “mejor yo que tú”.
  • Rechazar a uno de los padres por guardarle lealtad al otro.
  • No encontrar pareja estable por querer cuidar a los padres.
  • Dar de más siempre en las relaciones de pareja para hacer sentir al otro pequeño.
Esta lealtad nos hace pagar desgracia con desgracia, compensando el sufrimiento anterior con el propio, viviendo su mismo destino.

Por fin has encontrado alguien maravilloso. Sientes que todo es perfecto, que cada palabra que te dedica te hace sonreír y vives dentro de una burbuja. Todo parece ir tan bien que quieres dedicarle todo tu tiempo y te empiezas a alejar de tus amigos, de tus aficiones, de todo lo que hacías antes. Ahora, nada tendría sentido sin esa persona. Sin su amor y compañía, no podrías ser feliz. ¿Te identificas con estas palabras? Cuidado. Puede que más que amor por esa persona, lo que tengas es apego emocional. Descubre en este artículo si es así y cómo superar este tipo de dependencia.

¿Qué es el apego emocional?

Teóricamente, el apego emocional no es más que dependencia hacia otra persona. Puede que, leyendo esta definición, tengas claro que tú no tienes apego emocional. Ese es precisamente el peligro de esto: a veces es tan sutil que nos cuesta darnos cuenta. Sin embargo, el apego emocional es mucho más frecuente de lo que piensas. Es más, seguro que conoces a más de una persona que ni te imaginas que lo sufre y que así lo hace. Porque el apego emocional no deja mucho rastro. Sentirnos amados es una característica innata que tenemos como seres humanos y es difícil diferenciar dónde está el límite entre lo que es saludable y lo que no. Para que puedas detectar si tienes apego emocional, aquí van unas cuantas evidencias:
  • Si ante cualquier gesto más frío de lo normal sientes tensión o ansiedad por miedo a que vaya a terminar la relación .
  • Si aunque se equivoque lo defiendes ante los demás, pues realmente no ves ni su error.
  • Si incluso le perdonas lo imperdonable porque no te imaginas sin esa persona.
  • Si hablas más de tu pareja que de tu propia vida.
  • Si no tienes proyectos propios o si los tienes solo son relacionados con tu pareja.
  • Si hace tiempo que no te dedicas a lo que te gusta por estar tiempo con esa persona.
  • Si te estás alejando de tus amigos, familia e incluso compañeros de trabajo...
  • Si sientes que la mayor parte de tu tiempo gira en torno a tu pareja.
Y, para mí la que es la evidencia más clara: si sientes que tu relación no te provoca calma, serenidad o seguridad, sino todo lo contrario. Enamorarse es un torbellino de emociones y es normal que podamos sentirnos fuera de lo que consideramos que es “normal”. Pero dentro de la normalidad, hay una base saludable que debe formar parte de tu relación. Si no es así, déjame decirte que el apego emocional está creando una relación de dependencia que perjudicará tu salud emocional en muy poco tiempo. Si crees que amando lo has entregado todo, hasta tu propia identidad, es el momento de hacer una parada en el camino para reflexionar para poder comenzar a amar sin necesidad.